Parròquia Sant Isidre LLaurador

 


Aunque el cénit de la devoción

cristiana al Corazón de Jesús

lo marcan las revelaciones de

Cristo a Santa Margarita María

de Alacoque, en el siglo XVII,

hay una larga prehistoria,

que se remonta a San Bernardo,

abad de Claraval, en el siglo XII,

con su devoción

a la humanidad de Jesús.

Más expresamente,

centran su veneración en

el corazón sensible de Cristo

tres santas de la Edad Media:

Lutgarda, Matilde y Gertrudis que practican personalmente, y difunden con sus escritos, la devoción al corazón de Jesús. En el siglo XVI San Juan de Ávila predica y da forma a la veneración del corazón de Cristo. Y San Juan Eudes, en el siglo XVII, la populariza y consigue incluirla en la liturgia.


De la abundancia del corazón habla la boca, dice Jesús. Y mucha gente decía al escucharle: “Jamás hombre alguno habló como este hombre”.


Pedro, en un momento crucial de la vida pública de Jesús, le dijo: “Señor, ¿a quien vamos a acudir? Tú solo tienes palabras de vida eterna”.


Cristo, Palabra única y eterna del Padre, traduce en palabras temporales y terrenas el mensaje divino: “Yo no hablo por mi cuenta; sólo digo lo que oigo del Padre”.


Jesús lleva tan metido en su corazón ese “Abba”, que es Dios para él, que quiere comunicar a los hombres la gran noticia de que nosotros también podemos atrevernos a llamarle así.


Su testamento, su última voluntad,

es que nos amemos unos a otros.

“En esto conocerán todos

que sois discípulos míos”.


Renovar la devoción al Corazón

de Cristo es amar a la humanidad

como la ama Cristo.


“Para que los cristianos de hoy

puedan ser a los ojos de sus

contemporáneos signos legibles del amor-caridad, es menester que, bien plantados en el terreno humano, sepan traducir en gestos modernos el amor eterno de Cristo” (Michel Quoist).


Si el amor con amor se paga, la lógica del corazón exige corresponder al amor personal de Jesús a cada uno de los seres humanos con la entrega propia de todos a Él. De ahí nació la costumbre del ofrecimiento diario de la jornada, con todo su bagaje de acciones, de alegrías y tristezas, de gozos y sombras, de sonrisas y lágrimas, al Corazón que tanto ha amado a los hombres.


Conocer al que “me amó y se entregó a la muerte por mí” sólo tiene como reacción lógica el enamorarme de Él y el imitarle pasando por la tierra “haciendo el bien”.


Francisco Prieto, pbro.

Párroco


MES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS